LLAMADO A EMPRENDER

1024 576 Gabriel Nuñez

Cuando el incontrolable anhelo a una vida de libertad y desafíos toca a la puerta de tu mente y espíritu nada ni nadie podrá hacer que se detenga. ¡Abre!, estás siendo llamado a emprender.

¿Por qué emprender?, ¿qué vincula a quienes ponen en juego su futuro y hasta su valía?, ¿qué impulsa a esta cultura emprendedora?
Al escribir esta columna busco acertar en el denominador común dentro de la atomización de motivos por los que un adolescente, un joven estudiante, o quien está viviendo la segunda mitad de su vida decide emprender. Por esta razón les pregunto a algunos amigos, alumnos y mentorizados, de los que obtengo las más variadas respuestas pero con la misma identidad entusiasta, desafiante y valiente cual libreto de un film épico.
En lo personal, el deseo no tocó a mi puerta; prácticamente la tiró abajo: mi padre se fue de casa una noche, durante el periodo en el que yo dejaba la infancia y comenzaba a vivir la adolescencia. No supimos nada de él durante largos años. Mis hermanos y yo, como corolario de la situación, fuimos separados y llevados a vivir en casas transitorias.
Por un tiempo acompañé a quien fuera mi hermano sustituto a vender pan caliente que amasaba su madre, mi madre sustituta. Edificios públicos y privados era el target indicado para ofrecer el producto que, gracias a Dios, se vendía como él mismo; sí, “como pan caliente”, claro. No pasó mucho tiempo hasta que comencé a vender en la plaza de mi ciudad unos muñecos que un amigo diseñaba. A decir verdad, no tenían la característica de “vendibles”, por consiguiente, comprendía la actitud de quienes pasaban y ofrecían un tímido “ahora no, querido”. Honestamente, tampoco yo los hubiera comprado. Gracias a Dios, mi madre consiguió trabajo como empleada del estado por un magro sueldo que nos permitió reunirnos y subsistir.
Al tiempo, mientras terminaba mis estudios, comencé a trabajar en un restaurante; más tarde, en una empresa binacional como responsable de ventas. Finalmente, luego de mi titulación universitaria, llegó el momento que todo “buen empleado” desea: trabajar en una multinacional. Todo un logro: es tiempo de reconocimiento por esfuerzos precedentes; de pago por años de preparación; de viajar y conocer nuevos lugares; de un ingreso asegurado. Pero, dicen por ahí que las personas no se marchan de las empresas, se marchan de sus jefes. Decidí, entonces, marcharme de mi jefe.
Y claro, a los doce años, en un mercado de las pulgas, ya había golpeado a mi puerta el incontrolable anhelo de libertad y desafíos.
Entiendo que el factor incuestionable en esta contagiosa e imparable cultura emprendedora radica en la necesidad de concretar sueños y velar por ellos sin importar cuáles o cuán dificultoso se torne alcanzarlos. Los emprendedores actuales o en potencia ya han decidido en su corazón emprender y están adquiriendo más conocimiento, mayor destreza, valentía de superhéroes, y más auto-liderazgo que cualquier jefe que hayan podido tener, y han logrado atravesar dificultades que sólo la fe y la acción pueden conseguir.
Pasión; desafío; logros; riqueza; sustento; desarrollo; crecimiento… Al parecer, el factor común, o al menos la base sobre la que se sustentan todos estos elementos es, ni más ni menos, la necesidad de libertad.
¿Cómo avanzar sin desfallecer? Espero encontrarte en la próxima edición en una columna similar a esta, mientras tanto puedo adelantarte que no depende sólo del “qué” y del “por qué” sino más bien de “quién llama” y de “para qué somos llamados” a emprender.
Nos vemos. Nos leemos. Nos escuchamos.

 

Gabriel.

 

(Escrito para Marketing News Latinoamerica. También lo puedes encontrar en QuickIdeas)