EL SECRETO DEL PUNTO EN COMÚN

1001 564 Gabriel Nuñez

En Atenas, la Junta que gobernaba la ciudad se reunía en un lugar llamado Areópago. A la gente y a los extranjeros que vivían allí, les gustaba mucho escuchar y hablar de cosas nuevas, entonces llevaron a Pablo ante los gobernantes de la ciudad, y éstos le dijeron: “Lo que tú enseñas es nuevo y extraño para nosotros. ¿Podrías explicarnos un poco mejor de qué se trata?”. La historia del punto en común.

La primera vez que leí el texto bíblico en donde se describe la visita de Pablo, el apóstol de Jesús, a la ciudad de Atenas, quedé sorprendido por la capacidad de aquel seguidor de Cristo para llegar no sólo al corazón sino también al entendimiento de las personas, las cuales vivían de acuerdo a una cultura, enseñanzas, y declaraciones diferentes a las que tenía Pablo. Me asombró el modo persuasivo y efectivo en que, refiriéndose a algo “desconocido” para la multitud, logró generar un cambio de conducta, creencias, y una nueva manera de vivir en muchos de ellos, conquistando la mente y el corazón a través de la palabra y la acción buscando un punto en común. La historia cuenta lo siguiente:

 

Pablo se puso de pie ante los de la Junta, y les dijo:
“Habitantes de Atenas: He notado que ustedes son muy religiosos. Mientras caminaba por la ciudad, vi que ustedes adoran a muchos dioses, y hasta encontré un altar dedicado “al Dios desconocido”. Pues ese Dios, que ustedes honran sin conocerlo, es el Dios del que yo les hablo”.
Pablo salió de allí, pero algunos creyeron en Jesús y se fueron con Pablo; entre los cuales estuvieron Dionisio, juez del tribunal del Areópago, y una mujer de nombre Dámaris, y otros además de ellos.
Esta exposición de Pablo ante los atenienses la puedes encontrar en el libro de los Hechos, capítulo 17, versos 19 al 23, y 33; en la Biblia.

 

Pablo, en su tarea de predicar el evangelio y habiendo pasado por Anfípolis, Apolonia, Tesalónica, y Berea, llega a Atenas en donde realiza esta presentación ante la Junta que gobernaba la ciudad, la cual se reunía en un lugar llamado Areópago, un espacio común en un monte situado al oeste de la Acrópolis, para hablar acerca de situaciones cotidianas que eran de interés público: sociedad, política, religión, etc.; en mi barrio a esto le llamamos “arreglar el mundo”. En este contexto y con personajes sobresalientes, entre ellos gobernadores, jueces, filósofos, grandes pensadores, conservadores, hombres y mujeres politeístas adoradores de decenas de dioses y diosas, Pablo es invitado a hablar acerca de su “nueva enseñanza y buenas noticias”.

 

Supongo que hubo una breve introducción para presentar a Pablo, algo así como “Bueno… como es nuestra costumbre… una vez más estamos acá reunidos y, como siempre somos los mismos los que hablamos hemos decidido traer a un invitado que, por lo que tengo entendido tiene algunas enseñanzas un poco extrañas para nosotros y para nuestra cultura. Sabemos aquí en Atenas que nuestros pensadores y filósofos son reconocidos en el mundo entero y tienen gran influencia en cada rincón de la tierra. Cuando nos dijeron que este hombre había llegado a la ciudad nos dio curiosidad y decidimos ir a buscarlo, porque se dice que viene hablando desde hace mucho tiempo acerca de temas religiosos y en todas las ciudades que visita provoca el interés de todos. Es por esto que queremos escucharlo en esta tarde. Damas y caballeros, deseo presentar a Pablo, ex Saulo de Tarso, actual discípulo de alguien llamado Jesús, el hijo de “un” Dios. – Sospecho que no hubo muchos aplausos. Pablo se pone de pie, camina desde su lugar ubicado en la sexta fila hasta encontrar el pasillo central, y de ahí apura el paso para llegar finalmente a la plataforma preparada para los oradores. Una vez ahí, y antes de girar para volverse a la audiencia toma su pañuelo y seca su frente mientras susurra: bueno… Señor, vos me trajiste hasta aquí…¡todo tuyo!

 

Y comenzó a hablar, buscando un punto en común: “Habitantes de Atenas”. – Nada de amigos, hermanos, señores, camaradas, ilustres… Nada. Sólo “habitantes”. – “He notado que ustedes son muy religiosos”. – ¡Si, por supuesto!, debe haber gritado “Doña Rosa” desde la última fila. Y Pablo tenía razón: los griegos tenían decenas de dioses y diosas que, según ellos creían, significaban y proveían algo especial. – “Mientras caminaba por la ciudad, vi que ustedes adoran a muchos dioses, y hasta encontré un altar dedicado “al dios desconocido”. Pues ese Dios, que ustedes honran sin conocerlo, es el Dios del que yo les hablo”. – ¡Y aquí es a donde quería llegar! ¿Te diste cuenta de esta última frase? ¿Alcanzas a darte una idea de lo que significa esta maestría con la que Pablo se dirigió a sus oyentes? Pensemos juntos por un momento… Este hombre se encontraba “solo contra el mundo” y estaba hablándoles a personas que nada tenían que ver con lo que él venía a presentarles. Estaban llenos de dioses y diferentes formas de idolatría hasta el punto de tener una imagen dedicada al “dios no conocido”, creo yo que por temor a que existiera un dios al que estaban dejando de lado sin saberlo, motivo por el cual pudieran ser objetos de la ira y venganza de ese “dios”. La cosa es que esta gente estaba en la vereda opuesta en relación con lo que Pablo creía y proponía.

 

Ahora, imagínate que Pablo hubiera decidido no contemplar la creencia y la cultura de los atenienses; y peor aún, no tener en cuenta que detrás de todo había “personas” con sentimientos, ideas, vivencias, opiniones diferentes; además de principios y valores opuestos. Supongamos que no se hubiera tomado la molestia de pasear por la ciudad y conocer la cultura y ver cuáles eran verdaderamente las creencias de aquellos ciudadanos; y por último, hagamos de cuenta por un instante que a Pablo no le interesaban mucho las personas, y peor aún, la posibilidad de que alguien pudiera cambiar. Con todo esto ¡otro hubiera sido el discurso!

 

Mi imaginación me lleva a pensar que podría haber sido algo como lo que sigue… (En realidad, más allá de mi imaginación he escuchado a personas dirigirse a otras de esta manera en muchas ocasiones).
“Señoras y señores. He venido a hablarles de algo que estoy seguro les va a interesar y que además ustedes desconocen por completo. Algo que ni en todas sus vidas podrían haber pensado escuchar. Digo esto porque pienso que están muy lejos de conocer la verdad y creo que hay muchas cosas que ustedes no saben sobre lo que yo sé. No sólo he notado una excesiva religiosidad en todo lo que hacen sino que estoy seguro que esa religiosidad no es verdadera. ¡A “Doña Rosa” de la última fila le pido que haga un poco de silencio y ocupe su silla! Me parece que están muy equivocados si piensan que esos dioses van a poder ayudarlos en algo. ¡Por favor! Es más, mientras caminaba por esta ciudad he visto la cantidad de estatuas que tienen ¡Es una locura! ¡A quién le entra en la cabeza tener tantos dioses y diosas repartidos por todos lados! Para colmo de males, uno más ridículo que otro. Pero lo más cómico de todo es que además tienen un “dios no conocido” ¡Qué bárbridad! ¡Y yo pensaba que ustedes eran sabios e inteligentes! ¡Por favor! ¡Un “dios no conocido”! Miren y escuchen atentamente: yo vengo a decirles a ustedes que se olviden de todo lo que saben y conocen, y atiendan lo que les voy a decir porque sé muy bien de lo que les hablo. Soy un tipo muy preparado y un estudioso de todo lo que se les pueda ocurrir.” – En muchas oportunidades, estas palabras son tácitas, pero la actitud y lo gestual suena con más fuerza que un millón de personas gritando -. A esta altura supongo que Pablo estaría hablando casi solo; o lo que es peor, los invitados esperando que termine para tirarle con todo lo que tuvieran al alcance de la mano.-  “Yo les traigo la verdad, la única verdad;  porque lo que ustedes creen es todo mentiras”.

 

Difícil de digerir, ¿no? Aunque también podría haber resumido el discurso y decir: “Buenas tardes. Miren, no tengo mucho tiempo. Les vengo a hablar de un único Dios y de su Hijo Jesús. Esto es mejor y no tiene nada que ver con lo que ustedes creen ¿ok? Se me va el barco asique cualquier cosa me escriben, ¿Si? ¡Bye!”

 

¿Qué crees que hubiera pasado en este lugar? ¿Cómo crees que hubiera reaccionado la gente que asistió para escuchar a un supuesto gran orador y líder? ¿Te parece que personas como Dionisio, juez de un tribunal; Dámaris, y otros podrían haber estado de acuerdo con Pablo y haberlo seguido después de escuchar algunas de estas presentaciones?

 

En la primera situación, en la escena real, Pablo habla sobre lo que le interesa a los vecinos de la ciudad de Atenas. Deja sentado que dispuso el tiempo para recorrer y estudiar sus costumbres y prácticas. “Se ganó el derecho de hablar” porque había estado ahí, precisamente en el lugar de los “hechos”, mirando las costumbres y comportamientos, pero también intentando encontrar la manera de hablarles y llegar a sus mentes y corazones. Cuando tuvo la oportunidad de hablar lo hizo de manera respetuosa, pero fundamentalmente “Pablo fue persuasivo y buscó un punto en común para hablarles acerca de algo diferente”.

 

Comenzó su presentación de manera amigable y sin críticas; sólo les hace un breve comentario sobre lo que vio en su paseo dando a entender su interés por la cultura de Atenas y no juzgando nada ni a nadie. De hecho, les habló de lo que era conocido para ellos y continuó hablándoles de lo que él deseaba presentar (Puedes ller más acerca de cómo presentar en este post, y en este también).

 

Pienso en un reloj de arena: cuando los granos de arena pasan por el cuello del reloj es cuando más presión sufren, pero hay un pequeño “espacio común” para todos los granos; espacio que les permite pasar de un lado a otro. Así también sucede cuando uno quiere persuadir a los demás a que se enfoquen en algo distinto o que realicen una actividad o expresen algo que no les es común en su contexto. A veces estamos tan lejos. Debemos actuar de una manera “no agresiva”. Debemos encontrar el “punto en común”.

 

Nos vemos. Nos leemos. Nos escuchamos.

 

Gabriel.